Su corazón parecía estar fuera de control, sus delicadas manos punzaban y respiraba vacío. Sus pasos se marcaban suaves y serenos, un pie frente al otro casi danzando a través del gigantesco pasillo de mármol, sosteniendo una mirada tranquila y amable. Sus dedos se aferraban a través de un par de largos guantes blancos a una delgada cadena dorada que le colgaba por el pecho, evitando y negando con cada centímetro de su ser mostrar aunque fuera por un segundo la extraña sensación de tambaleo que iba de los tobillos a las rodillas y le presagiaban caer de no mantener cordura.
Gigantescos candelabros dorados alumbraban como soles eternos los altos techos del pasillo enmarcados con cortinas carmesí y sellos dorados.
De vez en vez sus tenues, pero firmes pasos eran silenciados por solemnes sirvientes vestidos de etiqueta que al cruzar a su lado le reverenciaban.
Conforme su respiración parecía recobrarse, ligeramente, pero inolvidable como su aroma al final del pasillo se escuchaba casi como un mormullo un enérgico Vals que empujaba detrás de un par de enormes puertas de roble custodiadas por dos guardias atentos y firmes. Al acercarse se detuvo lentamente hasta posarse sobre sí misma como si nunca se hubiera encontrado en movimiento.
Al lado del pasillo se encontraba un hombre de edad avanzada y mirada servil pero incrustada en un grueso libro de bordes dorados, sujetando una pluma entintada puso sus lentes de vuelta en su lugar y preguntó: ¿A quién he de presentar? Ella, como si la pregunta nunca le hubiese sido hecha inclinó la cabeza y centró la mirada al frente.
Enrarecido el hombre elevó la mirada y apenado corrió a abrir las puertas personalmente tan rápido como la sangre corría a sus mejillas. Empujando tan fuerte como sus piernas aún le permitían logró abrir las puertas de par en par e irguiendose tanto como le era posible presentó: Con ustedes...
Ella dando un par de pasos delicados avanzó hasta el borde de las escaleras, algunos le observaban boquiabiertos, otros fingían continuar cenando o platicando, pero no existían ojos en el enorme salón que no se centraran sobre ella. Algunos codos se lanzaban como balas de cañón contra las costillas de uno que otro marido más obvio de lo permitido. Pero ella solo buscaba un par de ojos, sabía que no debía hacerlo, que tal vez no era lo mejor, pero ella no deseaba nada más...
Su corazón latía pesado, su mano sujetaba las riendas mientras la otra se aferraba a un pañuelo entre sus guantes. Su respiración se mantenía esforzadamente serena presionando contra su pecho, le asfixiaba, pero pasara lo que pasara no lo demostraría. Instintivamente, casi inevitable su mano merodeaba por su barbilla acercando el ligero pero inolvidable aroma del pañuelo a sus labios como si quisiera beberlo.
La brisa refrescaba su rostro. El cielo se encontraba completamente despejado, de un bello color turquesa. Frente a él se abría un enorme campo de pastos verdes y en el centro se encontraba un solitario pero antiguo roble. Sin duda alguna era un día perfecto.
Tras él, a lo lejos podía escuchar una voz que le llamaba, una voz tan gruesa como el rugido de un león que se acercaba rápidamente.
Concentrado y determinado giró con su caballo para observar detrás de él, cinco jinetes aparecieron rápidamente por una loma atrás de él. Avanzando lentamente los hombres se encaminaron hacia él portando largos estandartes, el piso vibraba, y retumbaba como si cientos de truenos le golpeasen.
El hombre de esa voz gruesa se acercó y le dijo: Señor... ... Las filas están cerradas, estamos en posición.
Observando detrás del hombre sus ojos se entrecerraron deslumbrados, miles de hombres con armaduras plateadas aparecían tras la loma ocupando su lugar al lado de él.
Llevando una vez más el pañuelo a sus labios respiró profundamente y le guardó dentro del pecho de su armadura. Inclinándose al flanco de su tordillo tomó un escudo en el que se dibujaba un dragón dorado y sujetando firmemente la empuñadura de su espada giró su caballo, colocando su mirada en la loma del otro lado del roble al centro del campo observó con detenimiento esperando el momento...
Cientos de gritos se escuchaban a lo lejos, era hora... Desenvainando su espada colocó la punta al frente y comenzó a avanzar lentamente, los hombres le siguieron y paso a paso comenzó a tomar velocidad. Su respiración se aceleraba, se tornaba vacía... Conforme recorrían el campo miles de hombres aparecieron tras la loma contraria avanzando a toda velocidad... Todo le era incierto, todo parecía inevitable... Pero él solo buscaba recordar un par de ojos, sabía que no debía hacerlo, que tal vez no era lo mejor, pero él no deseaba nada más...