Las temporadas vienen y van, se marchan, nos dejan. Se pierden en días que se anteponen a la majestuosa inspiración nocturna y las letras que mi puño dibuja con infame y esperanzado desdén. Y es que en una y otras de esas noches febriles en que despierto fuera de mí con los brazos aferrados a mi pecho me avergüenzo y me reprendo porque he fallado amada mía, nos he fallado... Así como las ideas se forman en mi mente, no hago más que añorar el calor de tu cuerpo en mi almohada y tu respiración llamando mi nombre... Había prometido no pensar más en ello, no guardar vanas esperanzas. ¿Pero que no ves que no puedo? Que me es imposible no pensarte. Que el saberte aviva las flamas que llevo dentro, que me incineran y envenenan la sangre. Tal vez parece testarudo, audaz, impertinente quizá... Pero no hago mas que pensar en besar tus labios y acariciar tu mejilla, tomarte entre mis brazos y no dejarte escapar. Por momentos deseo ni siquiera pensarlo, pero mi hambre por tu aroma es más fuerte que la misma voluntad que me sostiene. Y es que no hay cruz más pesada amada mía, que aquella del amor correspondido que no encuentra lugar.